La orquesta Virtuós Mediterrani y el coro Patnia, bajo la batuta de Gerardo Estrada, convierten la partitura incompleta del genio de Salzburgo en una experiencia física y espiritual.
Alexia Salas. No solo Rosalía genera colas de admiradores. En San Javier, fue Mozart la estrella que llenó el Teatro de Invierno el pasado 21 de marzo, dejando a un centenar de personas sin plaza. Bien es verdad que la entrada era gratuita, lo que se agradece a la Concejalía de Cultura que dirige David Martínez. La cultura gratuita de calidad es una llave para la empatía, la creatividad y la convivencia.
El director de Virtuós Mediterrani, Gerardo Estrada, quien dirigió orquestas durante los bombardeos de la guerra de Siria, supo ‘robar’ la atención y los sentimientos del público con las notas y con los silencios. Con el primer compás del Requiem Aeternam, era fácil comprender que no iba a ser un concierto ordinario, sino un ritual. Más de 80 artistas se reunieron sobre las tablas para dar vida a la obra que Wolfgang Amadeus Mozart dejó inconclusa en su lecho de muerte, una pieza rodeada de leyenda y misticismo que sigue siendo, siglos después, el testamento más humano de la historia de la música.

Una arquitectura sonora de precisión
Bajo la dirección de Estrada, la orquesta Virtuós Mediterrani demostró una cohesión técnica impecable. El maestro venezolano cuenta con una capacidad para extraer matices emocionales de partituras densas, y así guió a la formación a través de los pasajes más oscuros de la obra.
El momento culminante llegó con el Dies Irae. La entrada del coro Patnia fue un manto de sonido que simbolizó el juicio final con una potencia que hizo vibrar el recinto. La transición hacia el Tuba Mirum permitió el lucimiento de los solistas: la brillantez de la soprano Irina Muliarchyk (con un emotivo dramatismo), la profundidad de la contralto Maria Weiss, la calidez del tenor Eduardo Pérez y la autoridad del barítono John Heath. Juntos, lograron que el cuarteto vocal se elevara sobre la masa orquestal con una limpia sonoridad.
De la furia del ‘Confutatis’ al llanto del ‘Lacrimosa’
El programa recorrió la estructura clásica de la misa de difuntos. Tras el rigor del Kyrie Eleison, el concierto navegó por la majestad del Rex Tremendae y la súplica del Recordare. Sin embargo, fue en el Lacrimosa donde el tiempo pareció detenerse. Los historiadores musicales señalan que Mozart solo pudo escribir los primeros ocho compases de este número antes de fallecer. Los músicos interpretaron esos compases con una delicadeza que transmitió toda la fragilidad de aquel diciembre de 1791. Tan sobrecogedora es la pieza, que Gerardo Estrada la eligió para el primer bis.
La segunda parte del concierto, con el Domine Iesu Christe, el Sanctus y el Benedictus, mantuvo la tensión dramática hasta desembocar en el Agnus Dei y el Lux Aeternam, cerrando el círculo litúrgico y artístico con una ovación cerrada que reconoció la magnitud del despliegue humano y técnico.
El concierto:
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Formación: Orquesta Virtuós Mediterrani y Coro Patnia.
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Elenco: Más de 80 artistas en escena.
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Dirección: Gerardo Estrada.
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Solistas: I. Muliarchyk (soprano), M. Weiss (contralto), E. Pérez (tenor) y J. Heath (barítono).
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Contexto histórico: El ‘Réquiem en re menor, K. 626’ fue la última composición de Mozart, terminada tras su muerte por su discípulo Franz Xaver Süssmayr por encargo del conde Walsegg.
¿Es posible escuchar el ‘Lacrimosa’ sin pensar que fueron las últimas notas que la mente de uno de los mayores genios de la humanidad concibió antes de apagarse?
«No me miren a mí, miren la partitura; ahí está todo lo que soy», dijo Wolfgang Amadeus Mozart.
¿Por qué te puede interesar?
Presenciar una interpretación del ‘Réquiem’ con tal despliegue de músicos es una oportunidad escasa fuera de las grandes capitales europeas. Estas ocasiones ayudan a valorar no solo la pericia de los artistas locales y residentes, sino también a comprender la importancia de mantener vivo un legado cultural que explora temas universales como la pérdida, la redención y la inmortalidad a través del arte.









