Alexia Salas
Creo que comparto con muchos la sensación de orfandad que nos deja en Santiago de la Ribera esa generación que ahora despedimos. Los que se esforzaron por unir a los vecinos, por hacer comunidad local, se nos marchan. Y en un pueblo sin asociación de vecinos, ni de comerciantes, esa pérdida es grandiosa, porque no hay relevo. Va a ser el eco de ese duelo, pero esa es otra historia. La que quiero contar ahora es la despedida de Pepita ‘La Churrera’, que se ha convertido en el símbolo de todos los huérfanos que deja su sonrisa ausente. Su hijo, José Manuel Sáez de Gea, que heredó la vena actoral y cómica de su madre, es el más afectado, pero pena deja a todo un pueblo, aunque también un legado de alegría de vivir y generosidad.
Nacida en Pozo Aledo en mayo de 1937, Pepita llegó a La Ribera en 1969 para echar raíces profundas. Madre coraje de tres hijas y un hijo, defendió siempre el calor del hogar; tanto es así que en el número 5 de la calle Conde Lisea dio a luz a los suyos a la antigua usanza, convirtiendo esa casa en el corazón de una familia que luego se ampliaría con sus cinco nietos.
Durante 35 años, Pepita endulzó las mañanas de varias generaciones como churrera del pueblo. Pero su antigua churrería era mucho más que un negocio; era ‘El Casino’, un centro de amistad con las puertas abiertas de par en par para cualquiera que quisiera compartir una tarde de parchís. El repiqueteo de los cubiletes desafiando al silencio de la calle Conde Lisea daba un toque alegre e inconfundible al pueblo. Hoy, en medio de la tristeza, aún nos parece oír aquellos dados como un eco de su hospitalidad.
Pepita fue pura energía y entrega a su comunidad. Dedicó unos 15 años de su vida como catequista en la parroquia de Santiago Apóstol, guiando a los más jóvenes. Su chispa artística la llevó a subirse a los escenarios con la Asociación de Amas de Casa durante al menos 13 años, y a dar el salto a la televisión en el programa Los 7 Magníficos, donde su carisma fue tal que pasó de concursante a ser reclamada como jueza y colaboradora en diversas ocasiones. No había caseta sevillana que se le resistiera ni viaje en autobús de las amas de casa que ella no amenizara con su infinito repertorio de chistes. Tenía el don de la risa y el alma de una actriz.
Su generosidad era conocida. Cada Domingo de Resurrección, tras la emotiva lluvia de las aleluyas, Pepita esperaba a los participantes para obsequiarlos con su ya legendario y rico chocolate, uniendo al pueblo en torno a una mesa y una tradición.
Se va una mujer irrepetible, de las que siempre tenían una sonrisa y un saludo cariñoso para cualquiera que se cruzara en su camino. Santiago de la Ribera se queda un poco más oscuro sin ella, pero el recuerdo de su alegría, el olor a los churros recién hechos y la música de sus tardes de parchís se quedan grabados para siempre en el corazón de este pueblo que tanto la quiso.
Su hijo ha solicitado el cambio de nombre de la calle, donde Pepita endulzó a todos durante casi cuatro décadas, para que su nombre nos haga revivir el aroma del chocolate al pasar por su acera. Desde aquí apoyamos la propuesta.









