Alexia Salas
Lo hizo en ‘Federico’ y otras obras más autobiográficas, como ‘Cosas nuestras’, y lo vuelve a hacer en ‘Una casa en la ciudad’ (Lumen, 2025). Ilu Ros convierte la memoria en un lugar habitable, o al menos un país que deseas visitar.
Más que un retrato de la vida de una ilustradora en Londres, la artista murciana plasma una exploración honesta de lo que significa marcharse, buscarse y, a veces, no encontrarse del todo.
Con su trazo reconocible -rápido, emocional, sin miedo a la imperfección-, Ros firma quizá su obra más íntima, una que habla de identidad, desarraigo y esa extraña sensación de estar siempre a medio camino entre dos vidas.
Estuvo el pasado viernes, 17 de abril, en el hotel La Encarnación de Los Alcázares, invitada por la asociación Los Alcázares EcoCultural. Antes estuvo con los alumnos del instituto de La Unión. «Me preguntaron qué aplicación uso para dibujar. Yo les dije, con la aplicación de mi mano», comenta.
¿Cómo ves el mundo ahora? ¿Está para una ilustración a color o para un fundido a negro?
¡Empezamos fuerte! (ríe). Me gustaría decir lo contrario, pero la verdad es que tengo últimamente una visión del futuro un poco catastrofista. Sí, me da mucho miedo. Me da mucho miedo el panorama que se está planteando con todo, de cara a la vida en sociedad, de cara a las libertades que hemos conseguido.
Me da miedo que se dé un paso atrás en algún momento, ¿no? Y luego, a nivel mundial, la serie de guerras. Quien tenga una visión del futuro optimista o muy positiva es que es una persona un poco inocente. Creo que está la cosa para preocuparnos, pero no para preocuparnos de que no va a tener solución, pero sí que preocuparnos para buscar una solución.

Tus obras sobre Federico son un trabajo muy personal, ¿qué te costó lograr tu lenguaje personal?
Me ha costado trabajo, me refiero de tiempo trabajando, de mucho dibujar, escribir, mucho leer, por supuesto. Yo creo que si quieres escribir tienes que ser un buen lector. Y luego en cuanto al dibujo, pues trabajar mucho, dibujar mucho.
Esto siempre lo digo cuando tengo encuentros con alumnos, con chavales que les gusta dibujar, con estudiantes de arte, que siempre preguntan algo que les preocupa mucho: ¿cómo haces para tener tu propio estilo y que sea reconocible? Y yo siempre les digo que a mí también me preocupaba, y al final me he dado cuenta de que el estilo se consigue con el trabajo, sin parar de dibujar, y luego el estilo ya no es solo esa parte gráfica, lo que ves, sino es la voz del artista, igual que en un escritor o igual que en un músico, es tu voz, es tu manera de contar las cosas, los temas que eliges, es una voz más poética, más realista, es tu visión del mundo. Mi dibujo supongo que irá evolucionando, porque yo evolucionaré, entonces mi dibujo avanza conmigo. Pero al final mi voz, mi personalidad, mi manera de ser, es lo que lo irá definiendo.
Hay una parte de tu obra más personal y otra más rigurosa, ajustada a la historia. ¿Cómo equilibras la parte documental con la emoción?
Pues, es difícil. Por ejemplo, en el libro de Federico hay una parte de documentación muy fuerte, que tiene muchísimo peso. Pero yo, a la hora de hacer Federico, lo que me ayudó a encauzar ese libro, a estructurarlo, fue pensar en ese libro no como si yo fuera una académica sobre Federico García Lorca. Eso me pesaba muchísimo, porque pensaba qué iba a contar yo de Lorca, que no se había contado ya. Es muy ridículo, ¿no? No me voy a poner a la altura de Ian Gibson. Ese señor ha dedicado su vida y sabe muchísimo, y yo no.
Al final, yo soy una ilustradora, una dibujante, que está enamorada de la obra de Lorca. Entonces ese es el punto de partida del libro. Averiguar desde dónde veo yo a Lorca, desde una dibujante, también desde la perspectiva del momento en el que vivo. Hay veces que me dicen, le das mucha cabida a las mujeres de la vida de Lorca, pues para Lorca las mujeres, su madre, sus actrices, sus amigas, eran muy importantes. Supongo que le doy mucha cabida sin haberlo pensado previamente, porque para mí el feminismo es importante, es importante la evolución de la mujer en el último siglo, como hemos llegado a conseguir muchas cosas.
Eso es lo que me decía de la voz del autor, siempre al final sale desde el prisma que tú ves las cosas. Luego los libros que son autobiográficos, como ‘Cosas nuestras’, o el último, ‘Una casa en la ciudad’, sí que hay otra parte de contar una historia y ensamblarla yo, y dilucidar qué es lo que quiero contar. Muchas veces cuando hablas de emociones o de cosas que te han sucedido, no te das cuenta de lo que estás contando hasta que ya va muy avanzado del proyecto, que piensas, pero yo ¿por qué hacía esto? ¿Por qué me interesa mi relación con mi abuela? ¿Por qué me interesa esa conversación entre generaciones? En ‘Una casa en la ciudad’ estaba hablando de migración, de precariedad laboral, y al final me di cuenta de que lo que estoy hablando es del desarraigo, de cuando te vas del lugar en el que has nacido, han pasado los años, y cuando vuelves ya no encajas igual. Ellos han crecido, y tú también.
¿Influye tu estancia en Londres, el desarraigo, esa escisión de emociones en tu proceso creativo?
Influye en tu manera de ver las cosas. Como todo lo que te sucede en la vida, que va creando en ti un pozo. En el último libro hablo del diálogo intergeneracional, de la migración de mi familia en Francia, y yo misma era emigrante cuando hacía el libro en Londres. Alejarme de casa me ha dado una perspectiva diferente de mi país y mi cultura. Todo eso te hace evolucionar.
¿Qué papel juega la imperfección en tu lenguaje visual?
Cuando estudié Bellas Artes, aprendes miméticamente a copiar una figura, un cuerpo humano, a dibujar académicamente. Es una técnica que estoy muy contenta de haber recibido, porque me ha hecho evolucionar como dibujante y como observadora del mundo de otra manera.
Pero luego intento ser más imperfecta para dibujar y tener soltura, para que los dibujos estén vivos, que tengan frescura. Tendría que salir sola, pero a veces la busco. Cuando veo que estoy siendo perfeccionista, me salgo de eso. Envidio a los niños cuando dibujan y pienso ojalá no hubiera aprendido, porque esa soltura tiene que ver con la creatividad y la confianza en que no está bien ni mal, sino que es arte. El arte debe ignorar las reglas.

¿Qué descubriste de Lorca, del personaje y de la persona?
Muchísimas cosas. Me cautivó desde el principio su vida, y me gustó descubrir a Federico niño, por parte de su hermana Isabel y su hermano Francisco, porque ambos escribieron sobre su infancia. Descubrí a ese niño que inventaba todos los juegos, que se montaba el teatrico, que juntaba a todos los niños del barrio, que se ponía a dar misa a las vecinas. No puedes ser el Lorca adulto, ser dramaturgo, montar lo que monaba sin estar un poco loco y ser una persona que le gusta fantasear. Es su parte más artística, más poética. No es que fuera infantil, es que era una persona que tenía un niño dentro.
¿Qué hay de liberador en tu obra más personal?
No diría liberador en el sentido terapéutico, pero sí que hay…Creo que al final la creatividad, ese deseo creativo, tiene mucho que ver con el momento en que sientes la necesidad de contar algo y quieres encauzar esa historia. Te engancha eso de empezar a juntar las herramientas y ver que puede ser así, y te enamoras de decir ¡he encontrado la manera! Tiene mucho de personal, de ir buscándote y encontrando tu propio lenguaje.
Eso te mantiene a veces a seguir en un trabajo precario, como son los trabajos artísticos, pero no sabrías hacer otra cosa.
¿Has mantenido el pulso creativo cuando has tenido un trabajo precario, de esos que te hacen llegar reventado a casa?
Pues sí. Me ha costado. Eso lo cuento a los chavales, que hay veces que te alejas del dibujo, de la lectura, porque pones otras cosas por encima. En Londres se acelera todo, al vivir en una ciudad tan capitalista, que exige muchísimo, y al final no tienes tiempo, o te crees eso que te han dicho toda la vida de dibujar para qué, o escribir para qué. Todo parece configurarse para que dudes y pienses que no puedes perder el tiempo, pero no es una pérdida de tiempo.
Al final siempre he vuelto al redil, y mi redil es dibujar y escribir. El mundo te lo pone difícil, pero hay que hacerlo.
¿Y de clarificador qué tiene el proceso creativo?
Siempre se va aprendiendo sobre ti, sobre cómo funcionas, cómo procesas la información, qué cosas te interesan, así que sí aprendo sobre mí, mi manera de expresarme y de pensar. Como ilustradora, paso mucho tiempo sola, pero cuando ya publicas y recibes el feedback es muy bonito. Te enseña que vas tirando botellas con un mensaje al mar, que a veces se te devuelven y piensas que ha merecido la pena. Un lector te dice que le ha gustado y te sube el ego, y dices voy a hacer otro.
No sin miedo, porque cuando un proyecto te ha salido bien, te metes más presión. Creo que el ego del dibujante sigue siendo pequeño, porque somos gente que pasa mucho tiempo sola, y en general hay bastante humildad en la profesión.
La convivencia con uno mismo ¿te baja enseguida al suelo?
Claro.
¿Qué te apetece explorar ahora?
Siempre estoy en algún proyecto liada. Ahora estoy ilustrando un libro que saldrá a final de año. Estoy ya documentándome y leyendo para otro guion, que saldrá en 2028. Seguiré haciendo mi trabajo siempre que pueda mantenerme económicamente y que tenga ese deseo de contar historias. Si se me apaga, dejaré de hacer esto. No me preocupa ir hacia un lugar u otro, solo tener el deseo de contar historias y desarrollar otras maneras de contar, pero me da igual que sea historia o ficción.
¿Qué emoción te cuesta más atrapar y plasmar?
Cuando hice Federico, quería que se viese el drama, la tragedia de su propia vida y su final, pero también en lo brillante que fue. Tenía que verse su brillo, su duende, su carisma. El lector sabe todo el tiempo que va a terminar asesinado, por eso decidí ponerlo al principio, para que no estuviera todo el tiempo planeando sobre la historia. Esas decisiones las vas tomando cuando quieres contar un momento triste, pero que a la vez haya alegría. Vas resolviendo narrativamente para que funcione. Que sea triste, pero a la vez alegre. Que esté vivo.
Y en ‘Una casa en la ciudad’ sí estça esa soledad de estar rodeado de gente y sentirte como una estrellita perdida en el universo, un meteorito que no sabes dónde y parece que solo hay vacío alrededor y, sin embargo, está petadísimo de peña, pero tú estás como que no sabes hacia dónde va tu vida.
¿Sigues teniendo ese sentimiento de estrella errante?
No, a veces sí. Ya no lo tengo tanto, eso me pasó cuando emigré a Londres y no sabía qué iba a ser de mi vida. Pero sigue estando ahí ese regusto siempre, aunque está más relacionado con la parte profesional, porque mi carrera no tiene estabilidad, no hay una nómina, nunca sabes si te van a seguir cayendo proyectos, si a tus lectores les seguirá gustando tu trabajo. Y yo le doy muchas vueltas a la cabeza, siempre pensando en lo peor. Luego te das cuenta de que casi nunca pasa lo peor.
Ahora vives en Madrid, ¿y de Murcia, de Mula en particular, qué te queda?
Creo que no me puedo despegar de ser murciana, eso no se me va a ir en la vida. Soy muy murciana y toda mi familia es de Mula, y muy del pueblo. Los primeros años de vida te dan una perspectiva del mundo desde ese lugar.
Conocí a mi pareja en Londres y nos unió ser españoles, pero entre una muleña y un tipo de Gijón hay diferencias. Hemos crecido diferente en muchas cosas. Yo me crié en la calle, jugando todas las tardes, y para él fue diferente, siempre lloviendo.
QUIÉN ES ILU ROS
Ilu Ros (Mula, 1985) es una ilustradora, dibujante y autora de novela gráfica reconocida por su estilo emocional, feminista y ligado a la memoria histórica. Está formada en Bellas Artes y Comunicación Audiovisual por la Universidad de Granada.
- Murciana del Año 2021, otorgado por La Verdad, gracias a Cosas nuestras.
- Finalista del Poster Prize for Illustration, concedido por la Association of Illustrators y el London Transport Museum.
- Selección oficial en la Bienal de Ilustración de Bratislava 2021 por Cosas nuestras.
- Primer Premio al Libro Mejor Editado (2022) por Una trilogía rural.
- Libro Murciano del Año por Federico.
- Artista regional invitada al Premio Mandarache 2021–22.









